jueves, agosto 18, 2016

#VotaPorMatrix

                                                                                                   

You know, I know this steak doesn't exist. I know that when I put it in my mouth, 
the Matrix is telling my brain that it is juicy and delicious. 
After nine years, you know what I realize? 
Ignorance is bliss.  

Cypher



El mundo que percibimos no es el mundo en que vivimos. La experiencia de vida de un adolescente de 18 años en un bar en Nueva York no es la misma experiencia que un adolescente de 18 años en Siria. Al menos eso creemos, la idea de concepción que podemos arrastrar del mundo nos dice que un chico en Nueva York y un chico en Siria no pueden tener la misma experiencia debido a las circunstancias geopolíticas en las que viven. La realidad es que esas experiencias no son importantes, no en un sentido trasversal de importancia al menos. Moviéndonos de lo particular a lo general ambas son experiencias de un chico de 18 años y ese campo semántico, por ponerlo de alguna forma, determina ciertos aspectos de identidad que pueden trasladarse hasta decir que sus experiencias son similares y por lo tanto pueden ser estudiadas desde un ángulo primitivo. Las dos experiencias son reales, al menos eso creen los dos.

The Matrix es la película de mi generación, seguida posiblemente de Fight Club por la importancia cultural que sostienen en la identidad delimitada por la verbalización que las aptitudes tecnológicas traen consigo. En otras palabras, todo mundo tiene una opinión de The Matrix en mi generación. Neo es el Han Solo de los míos, Morpheus es nuestro Yoda y Trinity es nuestra Lara Croft (resulta extraño pensar que para encontrar una figura épica heroica femenina tenga que recurrir a los videojuegos). Pero en realidad, ¿Qué es The Matrix? The Matrix es una simulación satisfactoria que conduce las aspiraciones de sus participantes para evitar que descubran que se encuentran en una simulación. The Matrix no es el mundo real.

El sentido de autenticidad que trajo consigo la película marcó profundamente a mi generación. Creo firmemente que una buena parte de los fanáticos de The Matrix han votado por un candidato que a todas luces es igual de inepto que los otros pero que trae consigo la etiqueta de auténtico. Aunque se trate de un auténtico imbécil la importancia de la sensación que produce estar frente a la autenticidad es suficiente para otorgarle el control de nuestra vida geopolítica. Si, lo estoy diciendo, creo que la gente que le gustó The Matrix puede votar por Donald Trump o Andrés Manuel López Obrador dentro de los siguientes 48 meses. Es en este punto donde me pregunto si en realidad mi generación sería capaz de reconocer que estamos mucho más cerca de Cypher que de Neo. Aunque parezca que la verdadera búsqueda de Neo es la realidad, por ende auténtica, es Cypher quien mejor se aproxima a esta característica. Cypher conoce The Matrix y conoce el mundo real y, dado que cuenta con ambas herramientas por al menos una tercio de su vida racional, toma una decisión educada en la que elige refugiarse en la simulación. Cypher no es épico, pero no por eso podemos dejar de lado que lo fue o que en algún punto de su vida fuera de The Matrix compartió los ideales de Morpheus con la misma intensidad que Neo. Cypher nos da a entender que en algún punto Morpheus pensó que él era el elegido y después ya no. Si Morpheus podía equivocarse eso le daba a Cypher toda razón posible para dudar sobre todo lo demás. Incluida su relación con lo auténtico. Cypher no era un farsante.

Esta búsqueda por lo real, por lo auténtico, por la cosa que si es lleva a toda mi generación en una búsqueda intensa por estos adjetivos. Si hubiera que definir una característica única de la literatura que nos comprende podríamos afirmar que al menos esperamos que se considere auténtica. No importa si es bueno o malo, lo auténtico tiene un peso específico inevitable para los nacidos en los 80’s. Es extraño pensarlo pero nuestros padres vivieron en The Matrix sin rebelarse, excepto algunas contadas excepciones que claramente tomaron la píldora roja, el resto asumieron que la simulación era satisfactoria. Después llegamos nosotros y asumimos que era mucho más importante vivir en un mundo postapocalíptico de mierda siempre y cuando pudiéramos distanciarnos de las generaciones anteriores asumiendo que nosotros si vivíamos la cosa real. Finalmente está la generación que nos sigue, la generación que tiene al alcance de sus manos ambas experiencias y que elige, claramente, regresar a la simulación con la esperanza de cambiar las reglas de la misma como si esta fuera una posibilidad más allá de aprovechar los pequeños errores del sistema.

Nuestra relación se sostiene desde la capacidad que tenemos para considerarnos outsiders y mucho más importante, ignorar toda generación anterior que considere haber logrado lo mismo. Si nuestros padres trataran de explicarnos que su experiencia fue mucho más real que la nuestra los miraríamos con la superioridad moral de quien se siente capaz de enmarcar experiencias entre lo real y lo simulado y simplemente diríamos: eso te hace creer The Matrix. ¿Cómo logras constituirte desde esa superioridad? ¿En que sentido te sientes capaz para extrapolarte de la sensación de que tú eres tus padres para tus hijos? No lo sé. Creo que como generación nuestra relación con la búsqueda de lo real, aunque sea una mierda, parece justificar cualquier decisión que tomamos. Trabajos de mierda, políticos de mierda, literatura de mierda, televisión de mierda, relaciones de mierda, pero todas y cada una de ellas es real, tan real como el plato de potaje que Mouse se atreve a cuestionar a bordo de la Nabucodonosor y que al final se pregunta si no sabe a pollo porque el pollo sabe a cualquier cosa. Por eso los que se reinsertaron en The Matrix nos miran con la ironía de quien no entiende nada y puede que tengan razón. Es posible que nuestra relación con lo real sea tan absurda como suena, puede que simplemente seamos otra manifestación de la anomalía y que esa anomalía sea la regla más estricta del sistema. Goldstein bañado en píldoras azules mientras baila Chumbawamba en una tardeada al sur de la ciudad.

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