21/3/11

Who?

11/3/11

Electrocutando a un elefante




Electrocuting an elephant


Like mourners, or men setting out early for a duel,

they follow these six tons, this hunk of flesh,

muddy and whorled, this elephant they tried once to hang

because she killed three men and survived



their carrots laced with cyanide. Coney Island, 1903,

and the handheld camera that gets all of this down

is a clock for seeing, as Barthes tells us it ought to be,

the image forever ticking over as three men,



in sepia and near-silhouette, step through a vacant lot,

follow the lead of the burly handler, who carries

a sleek whip, a coil of rope, as he leads his charge towards

the spot where they will set two of her feet



in copper shoes. Think of the boy, who sat in front of you

that year in school, led by the ear to the corner

of the classroom because he couldn’t spell vengeance

after three turns. Think of the bull, three summers old,



pulled by the horns towards the place of sacrifice

so that bees might rise up out of its pooled blood.

And this too must be the way they took Bartholomew

after he made the King’s brother deny his gods—



one guard gripping the prisoner’s left arm and the three others,

who follow, unable to muster a single word

as they march down the main street of their village

towards the blue edge of the Caspian Sea,



where they will dispose of this son of Tolomai,

taking turns to open him with knives. What do they think

as they sulk after the condemned, this trinity,

who are not quite men yet despite their pristine uniforms,



or these others like extras from one of the first westerns

with their hats and mustaches, their say-nothing expressions

that barely make it beyond the ground sand of the lens

and onto this reel that unravels as I find myself



thinking again about that boy who, in Scoil Muire,

sat in the front row of those battered desks

with the defunct inkwells the dry hinges that opened

into a box to store your books? This time he’s reeling off



the names of birds. He makes a fist and hammers it

against his skull to bring forth robin redbreast, stonechat, crow,

while the rest of us raise our hands with what we think

are the right answers and hold our breaths trying not to laugh.



The truth is, I can’t remember his name, only the way

his clothes reeked of stale milk and hay, and how

his father once tied a frying pan between the legs of their mongrel

to discourage it from running after cars. I’d like



to whisper this story into the ear of the keeper

before the film goes any further, before they reach

the spot where a crowd waits, impatient,

shifting from foot to foot. I’d like to tell him how,



after those four boys have done their dirty work

and turned into something older than they were before,

Bartholomew becomes that figure above the altar

in the Sistine Chapel who holds up a tanner’s knife



and his own skin, another saint made patron

to those who wield the tools that worked his exit

from this world. And though it changes nothing,

I want to explain how, when the elephant falls, she falls



like a cropped elm. First the shudder, then the toppling

as the surge ripples through each nerve and vein,

and she drops in silence and a fit of steam to lie there

prone, one eye opened that I wish I could close.



Electrocutando a un elefante


Como los deudos, o los hombres que esperan al amanecer un duelo,

pasan estas seis toneladas, este amasijo de carne

lodosa y enroscada, de este elefante que una vez trataron de colgar

porque había matado a tres hombres y sobrevivido

a sus zanahorias bañadas en cianuro. Coney Island, 1903,

y la cámara en mano que graba todo el evento

es un reloj que mira, como Barthes nos dijo que tenía que ser,

la imagen siempre tintineando por encima mientras de los tres hombres

apenas dibujados en sepia, que caminan a través de un lote vacío

siguiendo al torpe manejador, que carga

un látigo reluciente, un rollo de cuerda, responsabilidad suya, mientras avanza

hasta el preciso lugar donde postrará dos de sus patas

en unos zapatos de cobre. Piensa en el chico, que sentado enfrente de ti

aquel año en la escuela, fue llevado de la oreja hasta la esquina

del salón de clases porque no pudo deletrear "venganza"

después de tres intentos. Piensa en el toro, con sus tres veranos de edad,

llevado por los cuernos hasta el lugar del sacrificio

para que las abejas puedan surgir desde el charco de su sangre.


Así también debió ser cuando se llevaron a Bartolomé

después de provocar que el hermano del Rey renegara de sus dioses

un guardia toma al prisionero del brazo izquierdo y otros tres,

lo siguen, sin pronunciar una sola palabra,

mientras marchan por la calle principal del pueblo

hacía la orilla azul del Mar Caspio,

donde dispondrán del hijo de Ptolomeo

tomando turnos para abrirlo con sus cuchillos. Qué pensarán

mientras sobajan al condenado, la trinidad

que no los hace hombres a pesar de sus uniformes prístinos

o esos otros que parecen extras de aquellos primeros westerns

con sus sombreros y sus bigotes, detrás de sus expresiones de no pasa nada

que apenas sobreviven más allá de la arena del suelo de la lente

y hasta este carrete que se revela cuando me sorprendo

pensando otra vez en ese chico que, en la primaria de Scoil Muire,

se sentó en la primera fila de los maltratados pupitres,

con los tinteros secos, ¿las bisagras secas se abrían

hasta convertirse en una caja para guardar tus libros? Esta vez está trata de recordar

los nombres de las aves. Cierra el puño y lo azota

contra su cabeza tratando de recordar petirrojo, tarabilla, cuervo

mientras el resto de nosotros levantamos la mano pensando

que tenemos la respuesta correcta y aguantando la respiración para no reírnos.


La verdad es que no puedo recordar su nombre, sólo la forma

en que su ropa olía a leche rancia y heno, y como

su padre una vez ató una sartén entre las patas del perro

para evitar que siguiera persiguiendo autos. Me gusta

susurrar esta historia al oído del guardián

antes de que la película avance, antes de que lleguen

al lugar donde la muchedumbre espera, impaciente,

saltando de un pie al otro. Me gustaría decirle como

después de que los cuatro tipos hicieron el trabajo sucio

y se hicieron un poco más viejos de lo que ya eran

Bartolomé es ahora una figura sobre el altar

en la Capilla Sixtina con el cuchillo de curtir

sobre su propia piel, otro santo patrón creado

por los instrumentos que provocaron su salida

de este mundo. Y aunque no cambiaría nada,

me gustaría explicar como, cuándo el elefante cae, cae

como un olmo. Primero el temblor, después la caída

conforme aumenta la convulsión sobre cada nervio y cada vena,

y el elefante cae en silencio y se queda como el vapor en el piso

postrado, con un ojo abierto que me gustaría poder cerrar.


Traducción apócrifa por su servidor

Poema leído en The Best of American Poetry 2008, Scribner Poetry y traído desde los States por el buen Luis Panini