jueves, diciembre 31, 2009

2010

Feliz año nuevo a todos los lectores de este blog, espero que este año les traiga más chupe, más amor y más libros

jueves, diciembre 17, 2009

Noticias de un diciembre póstumo

Murió Chris Henry y tú te preguntarás quién carajo es Chris Henry. Bueno Chris Henry no es Milorad Pavic que también se murió o Beltrán Leyva que también se murió, mientras a la ciudad le importa un pepino. De grande quiero ser como Muñoz Ledo o como Jorge Herralde. Por qué? Porque ninguno de los dos es Chris Henry y por lo tanto ninguno de los dos está muerto. Cuándo sea grande no quiero morirme. Quizá terminar de leer El Percherón mortal para querer ser un fucking leprechaun cuándo sea grande, grande como el hoyo que dejaron los de obras afuera de mi casa hoy que no hay agua y yo pienso que quizá en Guadalajara me hubiera podido tomar unos tragos con Milorad Pavic si no estuviera muerto. Sin embargo me tomo una cerveza junto a dos adolescentes que hablan de poner una editorial y de lo aburrido que es Rayuela y sobre la arquitectura de la escritura, me gustaría deshojarles su margarita, pero ahora Margarita es el nombre de una monja sobre la que estoy escribiendo aunque más bien quisiera escribir sobre la psicosis de ser un agente de la AFI y que ni tu puta madre te quiera. Chris Henry era receptor abierto de los Cincinnati Bengals y se murió el día que compré mi jersey de Chad Ochocinco que se refiere al difunto como UnoCinco y todo se resume a una resta matemática y esta cerveza, junto a estos adolescentes que se parecen tanto a mi que me dan asco y ganas de borrar el blog y mandarlos a ustedes, lectores, a chingar a su madre.

Merry Zombie Christmas

"Es una verdad universalmente reconocida que un zombi que tiene cerebro necesita más cerebros. Esa verdad nunca fue más evidente que durante los recientes ataques acaecidos en Netherfield Park, en los dieciocho miembros de una familia y sus sirvientes fueron asesinados y devorados por una legión de muertos vivientes..."

Jane Austen y Seth Grahame-Smith

Orgullo y Prejuicio y Zombies

jueves, diciembre 10, 2009

Señales que precederán el fin del mundo

Hay libros de los cuales se puede hablar tendido, como si el tiempo esperara pacientemente a que uno comprendiera un poco más sobre lo que ha leído. Son libros pacientes, tranquilos, mansos como ríos entubados, esos libros se perderán en el universo de las letras cómo las hojas de los árboles se van por las coladeras en otoño.

Hay otros libros que son una patada en la quijada, un jab, un tubo que te hace una cicatriz en la cabeza que esconderás con el cabello que te crezca por el resto de tu vida. Estos son los libros que importan o que deben perdurar, son muestras de nosotros, espejos, de lienzo de plata y un poco manchados de estaño en las esquinas. De estos libros no te escapas, ni en un millón de años. Señales que precederán al fin del mundo de Yuri Herrera es uno de estos libros, es un tubo de cobre que se blande sobre un universo tan próximo que, a través de la mano del autor, se convierte también en un acto paralelo, una mansedumbre que sólo se manifiesta en las noches de tormenta en océano pacíico.

Señales que precederán al fin del mundo es un acto único en una literatura que flaquea constantemente, es una voz aguardientosa que habla sobre un universo lleno de flores hermosas y destellos de luz, que habla de las flores del concreto y de la frontera. ¿Cuál frontera? No importa realmente, no se vuelve el objeto de estudio el acto de vivir con un pie de cada lado, en esta seguna novela de Yuri Herrera la frontera es el horizonte, es la linea que divide el cielo y la tierra y al mismo tiempo es una puerta al infierno del Mictlán. Enardecido por la palabra, Yuri construye un universo aleatorio de fragmentos visuales, no invita al lector a perderse en un escenario construído explícitamente para el viaje de Makina; al contrari, es Makina el escenario donde se desenvuelve lentamente esta corriente de agua que se observa en las canaletas del concreto. Señales que precederán al fin del mundo es una red de drenaje, donde coexiste lo horripilante de las circunstancias con lo hermoso que resulta observar una fuerza imparable.

Makina viaja, con esa convicción que sólo tiene el testarudo, el reacio, el que vive con y desde el campo. Viaja buscando una respuesta, una explicación que le permita comprender estos lugares orbitales que existen alrededor de su universo, viaja y no se detiene, quizá sólo para dormir al interior de un cajero automático. Al mismo tiempo este viaje es un filtro para el lector, un filtro que se instala en el lente de una cámara que va grabando los vestigios de un imperio fehaciente, pero esta cámara no se obsesiona con los parajes o las mutilaciones de la personalidad, esta cámara no juzga al actor ocasional que aparece en el cuadro. Diría yo que hace todo lo opuesto, esta cámara desmenuza y comprende aquello que pertenece únicamente al viaje que se realiza, las guías de viaje no sirven para el que entiende el sabor del polvo y la tierra que sólo se da en el campo.

Es en esta implosión molecular donde Yuri Herrera encuentra su voz, la voz que dará vida a los paulatinos pero concienzudos movimientos de sus personajes. Donde este escritor construye el misterio el lector se encontrará con la sorpresa de la naturalidad, de lo natural que resulta una sonrisa taciturna o una vieja que limpia chiles en un restaurante del otro lado de esa frontera que carece de importancia y ahí, justo en ese preciso momento donde el que acompaña a Makina comprende sus motivos, se lee el mensaje más importante de la novela, el mensaje que se esconde de lector simplista que busca una historia adherible a la realidad de los noticieros y los periódicos, el mensaje que se revela al lector que se enamora de estas señales que precederán el fin de su mundo y le harán sentir participe de algo más grande, más hermoso, del acto de leer una gran novela.