viernes, noviembre 25, 2011

Inch by inch, fuckers





I don’t know what to say really.

Three minutes,
to the biggest battle of our professional lives,
all comes down to today.

Now either,
we heal as a team,
or we’re gonna crumble.

Inch by inch,
play by play,
till we’re finished.

We’re in hell right now, gentlemen.
Believe me.

And,
we can stay here and get the shit kicked out of us.
Or,
we can fight our way back … into the light.

We can climb out of hell.

One inch, at a time.

Now, I can’t do it for you.
I’m too old.

I look around, I see these young faces and I think,
I made every wrong choice a middle age man can make.

I pissed away all my money, believe it or not.
I chased off anyone who’s ever loved me.
And lately, I can’t even stand the face I see in the mirror.

You know, when you get old in life,
things get taken from you.
That’s part of life.
But, you only learn that when you start losing stuff.

You find out life’s this game of inches.
So is football.
Because in either game,
life or football,
the margin for error is so small.

I mean,
One half step too late or too early,
and you don’t quite make it.
One half second too slow, too fast,
you don’t quite catch it.

The inches we need are everywhere around us.
They’re in ever break of the game.
Every minute, every second.

On this team, we fight for that inch.
On this team, we tear ourselves, and everyone else around us to pieces for that inch.
We claw with our finger nails for that inch!

Because we know,
when we add up all those inches,
that’s gonna make the fucking difference between winning and losing!

Between living and dying!

I’ll tell you this:
In any fight,
it’s the guy who’s willing to die
who’s gonna win that inch.

And I know,
if I’m gonna have any life anymore,
it’s because, I’m still willing to fight and die for that inch
Because that’s what living is!
The six inches in front of your face!

Now I can’t make you do it!
You gotta look at the guy next to you.
Look into his eyes!

Now I think
you’re gonna see a guy
who will go that inch with you.
You’re gonna see a guy
who will sacrifice himself for this team
because he knows when it comes down to it,
you’re gonna do the same for him.

That’s a team, gentlemen.

And, either we heal – now! – as a team!
Or we will die as individuals.

That’s football guys.
That’s all it is.

Now, what are you gonna do?


Any Given Sunday, Al Pacino

sábado, noviembre 12, 2011

domingo, mayo 29, 2011

Instrucciones para escribir una columna cultural


1. Evite, sea como sea, parecer una columna de opinión. Recuerde que la estupidez del lector de suplementos culturales es apenas superior a la estupidez del columnista.

2. Recuerde constantemente su naturaleza underground, posmoderna, apocalíptica, irreverente y todo adjetivo que se le pueda anexar a su débil personalidad.

3. Repita constantemente su lugar de origen, que la gente entienda que no es que usted haya nacido así, fue la maldita frontera que lo convirtió en este guiñapo ultraísta que ahora escribe en
un suplemento para sobrevivir.

4. Parezca irónico. Si no sabe lo que es la ironía, no se preocupe, tarde o temprano la notará a su alrededor.

5. Jamás olvide porque le dieron premios literarios, no fue por su talento literario, fue por su manejo del slang, el pr0nlit y todo los demás detalles pintorescos que el entorno literario no entiende por anacrónicos. Así logrará darle al mundo lo que necesitan de usted, un montón de basura escrita con cursivas.

6. Escoja cuidadosamente su tema, que sea lo suficientemente ruidoso para que sus lectores lo hayan notado en la sección de cultura de su periódico, pero que al mismo tiempo sea flexible; de esta manera nadie notará que de verdad no tiene idea de lo que usted está hablando.

7. Utilice MAYÚSCULAS para dar a notar sus ideas, de esta manera dejará pensando al lector promedio sobre lo reveladora que resulta su frase sin que se note que probablemente lo hizo aleatoriamente para parecer inteligente.

8. Hable de sus viajes y los miles de eventos que ha presenciado, sus millas acumuladas darán validéz a sus ideas frente a los lectores.

9. No diga nada, no importa lo que pase, no diga nada.

10. Si se ve forzado o urgido a decir algo, hable mal, de todo y de todos, así de menos quedará claro que usted es el único absolutamente capaz de reconocer la mala literatura.


Esto lo tenía en mi otro blog, ahora lo tenemos aquí

martes, mayo 17, 2011

lunes, mayo 16, 2011

Monsieur Pain





En la apertura de Monsieur Pain este Bolaño que lo explica todo nos cuenta que ganó con esta obra dos concursos en España. Después nos interpela el apetito literario diciendo que a pesar de haber ganado tantos otros premios después aquellos los recuerda con un cariño especial, les llama premios búfalos y cualquiera que haya leído algo sobre Roberto Bolaño debe conocer las anécdotas de su supervivencia a base de premios y accesits. Pero lo que Bolaño no dice, supongo que porque no le resulta tan importante o porque resultará muy obvio al pasar de los años, es que Monsieur Pain es, por encima de otras obras con más nombre o más premios, un vistazo clarísimo de lo que serían después Los detectives salvajes y la interminable 2666.

Monsieur Pain es probablemente la obra menos rígida de todo el universo Bolaño. Una novela oscura, húmeda en todo momento, en un París sin importancia, rodeado de personajes esotéricos por ausencia y no por acción, se convierte en la clave más importante para el lector de lo que después traería consigo la narrativa que convertiría al chileno en un paréntesis largo y tendido en la literatura hispana. A pesar de los personajes robustos que construye en novelas como Nocturno de Chile o en Pista de Hielo, los personajes que habitan esta novela son mucho más un trazo de carboncillo que irá tomando forma conforme el lector imagine lo que la novela está tratando de decir y que después se verá aderezado por el formato que Bolaño da al epílogo de la obra.

Quizá lo más interesante en Monsieur Pain son los viajes trasatlánticos que Bolaño da entre la realidad, el sueño, la alucinación o la percepción alcohólica en la que cae su personaje principal. Estos viajes se convertirán en capítulos enteros de 2666 o en diatribas complejas en Los detectives salvajes. Será esta y no otra la clave de la obra bolañista que será estudiada por sus discípulos. Ahí, donde la realidad carece de toda importancia para la narrativa es donde Roberto Bolaño construirá el universo que después nos atrapará y nos dejará pensando en lo triste que resulta su ausencia en estos días tan paupérrimos para la narrativa en español.

viernes, mayo 06, 2011

Syrup de Max Barry





Encontré los primeros dos libros que leí de Max Barry en mis escapadas a Books books books. El primero era Company, una novela sobre el absurdo del mundo corporativo. El segundo era Jennifer Government una novela semi steam punk sobre el día en que las marcas sean nuestros dueños. La tercera que leí, que por gracia es la primera del autor, es Syrup. Una novela sobre marketing, amor y la forma en que nos meten el puño hasta por las orejas.

Max es un autor al que le gusta la prosa simple. Aunque a todos mis amigos hispanos esto les parezca algo grotesco yo tengo que decir que me resulta un alivio y me produce una tranquilidad que me permite leer sus novelas en dos o tres días como máximo. Barry tiene una visión del mundo en el que vivimos y entiende el consumo como única motivación real para hacer cualquier cosa . Las buenas noticias son que teme explotar el tema hasta que alguno de los dos se agote.

En Syrup los personajes van girando como pequeños trompos de apizaco. Primero hacía un lado, después hacía el otro, y ya entrados en gastos no dejan de girar sobre su propio eje hasta que el lector comprende casi todo ángulo posible de sus graciosas tonterías. Leer a Max Barry es un balde de agua fresca para cualquier lector, es la oportunidad de ir por ahí deslizándote en paisajes que si bien podrían ser de cualquier autor, por ser de Max Barry resultan únicos y entretenidos.

lunes, mayo 02, 2011

Lo peor de todo




Ray Loriga es un tipo raro. A veces me recuerda todo este españolismo ochentero que por más curioso que me parezca resulta un poco aburrido después de un tiempo. Después, me hace pensar en la literatura norteamericana, un poco en Hunter S Thompson y a veces, casi de rebote, me recuerda a David Foster Wallace. Quizá por esto Ray Loriga es un escritor español imprescindible.

Lo peor de todo es una narración simple, un libro escrito por ahí de 1992 y redescubierto tras su edición en Alfaguara España. Es la historia de un tipo, uno de esos que recuerdan a Caulfield o a esos personajes iniciáticos míticos que todo escritor construye en algún momento; pues bien, este es el tipo que primero es niño y después es adulto y que por momentos parece contar cosas que a nadie le importan pero las dice con tanta calma y tanta desfachatez que el lector se ve completamente atorado en la lectura.

Lo peor de todo no es una novela mítica, ni siquiera será una novela muy importante, pero sin duda es un libro entretenido, con ciertas claves que ayudan a entender ciertas cosas que al autor le parecen importantes un poquito mejor. Aunque a veces me gustaría entender este tono nihilista que tienen tantos personajes de la literatura hispana. Igual alguno de ustedes me ayuda.

martes, abril 26, 2011

Las teorías salvajes





Cada vez resulta más complicado hablar de una novela sin utilizar palabras como posmodernísmo, after pop, deconstrucción, introspección, sigilo... A veces se utilizan estas palabras por inercia, como si quisiéramos encontrar una obra maestra en cualquier disparate o bien, como si pudiéramos convencer a la gente de que cualquier disparate es una obra maestra. Aunque como pensaba hace unos minutos, probablemente las dos cosas sean un poco más sinónimos que antónimos y así de un lado como para el otro.

Antes que nada me gustaría decir que Pola Oloixarac sabe escribir. Esto lo digo con una certeza que me tranquiliza y me hace pensar que dentro de este laboratorio social que se ha vuelto la literatura protohispánica aún existe la obligación de saber escribir, de poder y de hacerlo sin pensarse mucho en que se va heredando o a quién se le rinde tributo conforme se cuenta una historia.

Las teorías salvajes es una novela inteligente. La autora no se contrae en ningún momento y cada que puede se desdobla con la soltura de su prosa para demostrar que no le teme a la deconstrucción, a la psicología, a la lexicología y muchas gías que si bien no valen de mucho actualmente para el ritmo que llevamos, se agradecen cuándo se plasman en la boca de unos cuantos personajes que se hacen memorables e insoportables al mismo tiempo.

Los nacionalismos y el género son dos temas que riman con fracaso en la literatura. Probablemente porque la honestidad detrás de estos dos objetos ideológicos se confunde constantemente con una sensación de neutralidad que resulta artificiosa a todas luces y que termina cansando al lector. Hay que darle las gracias a Pola por no haber caído en lo fácil en ninguno de los dos casos. Los personajes femeninos de Las teorías salvajes viven una riqueza constante conforme la novela nos permite conocerlas. Y si bien, seguro hay que darse una o dos vueltas por la Wikipedia para entender ciertos momentos trascendentales de la historia Argentina, esa Argentina que habita en este libro resulta una distinta de aquella que uno va conociendo por afinidad o asociación.

Las teorías salvajes ponen a Pola Oloixarac bajo el microscopio, bajo un obligatorio escrutinio constante, es al mismo tiempo una propuesta estética y una puerta que se abre y que ojalá no se cierre pronto. Editada en Argentina y en España, esta primera novela se vuelve un objeto de cacería obligado, una buena razón para el gasto de importación y al mismo tiempo un a partir de ahora, para las mujeres protohispánicas que llevan tanto tiempo fracasando en sus primeras, segundas y hasta terceras novelas. Las teorías salvajes es la prueba de que no existe necesidad alguna de escribir una pésima primera novela para abrirse camino e ir mejorando. Es un compromiso y una promesa de que esta otra literatura que fingimos no ver cada día se hace más potente. Al menos de mi parte me quedaré esperando la segunda aparición de Pola Oloixarac en el panorama literario.


PD

Si buscan una reseña más sesuda y un poco más extensa, les recomiendo esta

viernes, marzo 11, 2011

Electrocutando a un elefante




Electrocuting an elephant


Like mourners, or men setting out early for a duel,

they follow these six tons, this hunk of flesh,

muddy and whorled, this elephant they tried once to hang

because she killed three men and survived



their carrots laced with cyanide. Coney Island, 1903,

and the handheld camera that gets all of this down

is a clock for seeing, as Barthes tells us it ought to be,

the image forever ticking over as three men,



in sepia and near-silhouette, step through a vacant lot,

follow the lead of the burly handler, who carries

a sleek whip, a coil of rope, as he leads his charge towards

the spot where they will set two of her feet



in copper shoes. Think of the boy, who sat in front of you

that year in school, led by the ear to the corner

of the classroom because he couldn’t spell vengeance

after three turns. Think of the bull, three summers old,



pulled by the horns towards the place of sacrifice

so that bees might rise up out of its pooled blood.

And this too must be the way they took Bartholomew

after he made the King’s brother deny his gods—



one guard gripping the prisoner’s left arm and the three others,

who follow, unable to muster a single word

as they march down the main street of their village

towards the blue edge of the Caspian Sea,



where they will dispose of this son of Tolomai,

taking turns to open him with knives. What do they think

as they sulk after the condemned, this trinity,

who are not quite men yet despite their pristine uniforms,



or these others like extras from one of the first westerns

with their hats and mustaches, their say-nothing expressions

that barely make it beyond the ground sand of the lens

and onto this reel that unravels as I find myself



thinking again about that boy who, in Scoil Muire,

sat in the front row of those battered desks

with the defunct inkwells the dry hinges that opened

into a box to store your books? This time he’s reeling off



the names of birds. He makes a fist and hammers it

against his skull to bring forth robin redbreast, stonechat, crow,

while the rest of us raise our hands with what we think

are the right answers and hold our breaths trying not to laugh.



The truth is, I can’t remember his name, only the way

his clothes reeked of stale milk and hay, and how

his father once tied a frying pan between the legs of their mongrel

to discourage it from running after cars. I’d like



to whisper this story into the ear of the keeper

before the film goes any further, before they reach

the spot where a crowd waits, impatient,

shifting from foot to foot. I’d like to tell him how,



after those four boys have done their dirty work

and turned into something older than they were before,

Bartholomew becomes that figure above the altar

in the Sistine Chapel who holds up a tanner’s knife



and his own skin, another saint made patron

to those who wield the tools that worked his exit

from this world. And though it changes nothing,

I want to explain how, when the elephant falls, she falls



like a cropped elm. First the shudder, then the toppling

as the surge ripples through each nerve and vein,

and she drops in silence and a fit of steam to lie there

prone, one eye opened that I wish I could close.



Electrocutando a un elefante


Como los deudos, o los hombres que esperan al amanecer un duelo,

pasan estas seis toneladas, este amasijo de carne

lodosa y enroscada, de este elefante que una vez trataron de colgar

porque había matado a tres hombres y sobrevivido

a sus zanahorias bañadas en cianuro. Coney Island, 1903,

y la cámara en mano que graba todo el evento

es un reloj que mira, como Barthes nos dijo que tenía que ser,

la imagen siempre tintineando por encima mientras de los tres hombres

apenas dibujados en sepia, que caminan a través de un lote vacío

siguiendo al torpe manejador, que carga

un látigo reluciente, un rollo de cuerda, responsabilidad suya, mientras avanza

hasta el preciso lugar donde postrará dos de sus patas

en unos zapatos de cobre. Piensa en el chico, que sentado enfrente de ti

aquel año en la escuela, fue llevado de la oreja hasta la esquina

del salón de clases porque no pudo deletrear "venganza"

después de tres intentos. Piensa en el toro, con sus tres veranos de edad,

llevado por los cuernos hasta el lugar del sacrificio

para que las abejas puedan surgir desde el charco de su sangre.


Así también debió ser cuando se llevaron a Bartolomé

después de provocar que el hermano del Rey renegara de sus dioses

un guardia toma al prisionero del brazo izquierdo y otros tres,

lo siguen, sin pronunciar una sola palabra,

mientras marchan por la calle principal del pueblo

hacía la orilla azul del Mar Caspio,

donde dispondrán del hijo de Ptolomeo

tomando turnos para abrirlo con sus cuchillos. Qué pensarán

mientras sobajan al condenado, la trinidad

que no los hace hombres a pesar de sus uniformes prístinos

o esos otros que parecen extras de aquellos primeros westerns

con sus sombreros y sus bigotes, detrás de sus expresiones de no pasa nada

que apenas sobreviven más allá de la arena del suelo de la lente

y hasta este carrete que se revela cuando me sorprendo

pensando otra vez en ese chico que, en la primaria de Scoil Muire,

se sentó en la primera fila de los maltratados pupitres,

con los tinteros secos, ¿las bisagras secas se abrían

hasta convertirse en una caja para guardar tus libros? Esta vez está trata de recordar

los nombres de las aves. Cierra el puño y lo azota

contra su cabeza tratando de recordar petirrojo, tarabilla, cuervo

mientras el resto de nosotros levantamos la mano pensando

que tenemos la respuesta correcta y aguantando la respiración para no reírnos.


La verdad es que no puedo recordar su nombre, sólo la forma

en que su ropa olía a leche rancia y heno, y como

su padre una vez ató una sartén entre las patas del perro

para evitar que siguiera persiguiendo autos. Me gusta

susurrar esta historia al oído del guardián

antes de que la película avance, antes de que lleguen

al lugar donde la muchedumbre espera, impaciente,

saltando de un pie al otro. Me gustaría decirle como

después de que los cuatro tipos hicieron el trabajo sucio

y se hicieron un poco más viejos de lo que ya eran

Bartolomé es ahora una figura sobre el altar

en la Capilla Sixtina con el cuchillo de curtir

sobre su propia piel, otro santo patrón creado

por los instrumentos que provocaron su salida

de este mundo. Y aunque no cambiaría nada,

me gustaría explicar como, cuándo el elefante cae, cae

como un olmo. Primero el temblor, después la caída

conforme aumenta la convulsión sobre cada nervio y cada vena,

y el elefante cae en silencio y se queda como el vapor en el piso

postrado, con un ojo abierto que me gustaría poder cerrar.


Traducción apócrifa por su servidor

Poema leído en The Best of American Poetry 2008, Scribner Poetry y traído desde los States por el buen Luis Panini