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23/1/15

Angustia


Esta cosa, la forma en que las constelaciones te hacen sentir. La complejidad del testigo porque el testigo tiene el valor condicional de un mueble. Se resume a esto: si observas es porque no participas y si no participas es porque no estás involucrado, aunque la noción de estar involucrado sea lo único que necesitas para estar en paz, en armonía. Las estrellas tienen ese efecto, quizá, a mil millones años luz, se esté gestando la piedra que concluirá nuestra presencia como especie dominante en este planeta. Quizá se gestó hace mil años y el día sea mañana, eres el testigo de tu propia muerte enfriándose conforme transita el vacío espacial. Desde esa perspectiva el pensamiento abstracto es válido, trascendental, es la única manifestación viable de los millones de conciertos a los que asistes con sólo mirar al cielo. Posiblemente eso es todo lo que comprendemos por manifestación natural, la suma de las imperfecciones con las que la naturaleza coloca en su exacta magnitud la vida. Suponiendo que la naturaleza es la única fuerza no racional de este planeta, podemos acordar con ella que su sentido de ironía está muy desarrollado. ¿Quieres sentirte miserable? pasa los dedos por una mesa hecha de madera real, date el tiempo de encontrar cada arruga, imperfección, corte, desviación y canal que el tiempo alojó sobre este material que aún ahora, industrializado, encuentra la forma de manifestar su magnitud y hacerte sentir en tu justa medida. La justa medida siempre es miserable.

Pero no se trata sólo de eso, aunque esa cosa se manifieste continuamente sin dar una tregua a la reflexión o a la muerte, asumiendo que la muerte es la dosis correcta de vida, aunque esa cosa que te disminuye a tu mínimo común denominador cuando te enfrentas a la manifestación de la vida no sirva realmente de nada, la autocrítica es inútil, es una autolaceración que palpita pero no vive. Aunque seamos capaces de emular la conciencia máxima sobre el universo, esto no deja de ser un simulacro, un petardo cargado en pólvora que a lo más se lleva consigo una mano o algunos dedos. Comprender la insignificancia es también una pretensión de magnificencia, es sentarse frente a un espejo y asumir que el tú abarca el reflejo, la pretensión de la intimidad que produce verte a ti mismo y sólo poder reducirte a ti mismo sin ejercer el acto más grande de conciencia posible, todo lo que puedes observar es otro. Asumiendo que la otredad sea un símbolo del yo, o que el yo sirva de algo para la composición del otro que si bien en el espejo es esclavo de la dinámica de observarse, en la fotografía y la pintura manifiesta finalmente su autonomía orgánica al cortar todo lazo posible con el origen de la imagen. Tú no eres necesario para que exista una imagen de ti. Aún más lejos, esa imagen de ti en ninguna forma eres tú, ni siquiera cuando eres tú el único que pudiera ser capaz de percibirla. Supongamos por un instante que también eres un testigo de ti y como testigo no estás involucrado, aunque estar involucrado fuera lo único que podría traerte paz o permitirte evolucionar hasta algo más que un acto reflejo de la conciencia que trata de permear la naturaleza orgánica de todo lo que te rodea. Supongo que por eso el concreto, máxima intervención humana del entorno, es liso, tan liso como sea visiblemente posible.

Entonces se fragmenta todo lo posible, porque si pensamos que la otredad, el desconocimiento del otro inicia en la imagen tendríamos que pensarlo dos veces, no existe mayor ignorancia que nuestra propia composición. Suponiendo que entonces la falta de conciencia de la naturaleza genere la indulgencia con que las manifestaciones orgánicas se ignoran a si mismas en sus propias características. El árbol no sabía que estaba compuesto de anillos concéntricos en una superficie rugosa que puede desmoronarse en pequeños fragmentos que agreden al tacto, mucho menos entendería que aún bajo el procesamiento industrial estas características intrínsecas al material se sostienen en la mesa que hemos mencionado antes y que ni siquiera por azar podrían concebir que esas pequeñas características que sobreviven al proceso natural e industrializado pueden generar la angustia de la nimiedad en quién es capaz de percibirlas, narrarlas o describirlas hasta el hartazgo como un proceso de terapia que irá disolviéndose conforme dicha angustia desaparezca. Si mi reflejo no es mío, aunque pueda verlo, mucho menos la composición carbónica, atómica, orgánica, entrañable que me constituye y que haría sonrojar a cualquier inteligencia superior que descubriera que todos los días convivo con la otredad de mi reflejo, de mi imagen y que al mismo tiempo ignoro por completo lo que me compone en términos orgánicos, ya ni siquiera en términos emocionales, complejos, racionales, de angustia. Ignoro el color de mi hígado aunque pueda asumir que no debe ser distinto a la imagen que encuentro de un hígado en cualquier lugar, porque la sorpresa que produce la mucosa que de mi propio organismo y que si bien para mi no va más allá de la forma en que este organismo reacciona a la vida, pero que esa misma vida me es imposible de considerar porque no conozco su ausencia, su pausa, su mínimo común denominador. El árbol no sabe qué es árbol así como yo soy incapaz, en realidad, de saber que soy yo. Ni siquiera en las manifestaciones más pseudofilosóficas, pseudomágicas y pseudomusicales, ya que entonces la ironía es la única aproximación de respuesta a todas estas preguntas, levantar los hombros y decir soy tan ignorante de mi mismo como lo soy de todo lo demás y sin embargo he dedicado cada instante que poseo a transformarlo todo porque es esa transformación lo único que me permitiría acercarme, ya no a mi mismo desde la otredad, sino al significado que eso tendría que tener conforme la angustia me absorbe en un ciclo que no puedo detener, ni manifestar de otra manera que no sea poniéndome por encima de ella, como hago con mi reflejo.

Porque la cosa, como tal, no es nada. Pero esa palabra nada se recompone constantemente hasta formar una idea común que desaloje la ignorancia de su propia concepción y se autorregule hasta ser una idea ligera que se aloja durante un rato y que después podrá ser borrada con cualquier manifestación grandilocuente de mi propio yo. Aunque ese yo en realidad siempre se trate del todos que recompone mi presencia aquí como una especie dominante y no como un individuo cuya fragilidad se manifiesta en algo tan simple como el paso del tiempo. Proponiendo que el tiempo sea un lenguaje, las imágenes serían sus adjetivos y las manifestaciones orgánicas de características individuales algo más parecido a los sustantivos dinámicos que recomponen constantemente la forma en que ese lenguaje se utiliza al nivel de una comunicación. Considerando también que, para que esa comunicación exista, requiere de un interlocutor válido y que pueda desarrollarse intelectual y dialécticamente a la velocidad del emisor que en este caso se considera tan grande que podríamos, en poco tiempo, asumir que el tiempo, dado el tiempo es todo. Con esas consideraciones, podríamos recurrir a la salvaguarda que nos significa asumir que si el tiempo es una lengua, esa lengua está muerta hace mucho tiempo y que asimilarla sólo es un intento más por manifestar una complejidad que no se puede comparar con la existencia continua de un flujo donde navegamos como pequeñas rémoras que tarde o temprano serán expurgadas para dar lugar a otras que quizá sólo fomenten pequeñísimas características únicas que resultarían increíbles una vez industrializadas y que si se miran con atención sólo son un sinónimo de imagen, renunciando a que cualquier pensamiento sobre esa imagen conduce al yo.

Ya en esos instantes, la angustia comienza a disolverse conforme la respiración va retomando un cause mucho más armónico con la respiración de aquellos que a mi alrededor se manifiestan en confianza sin sospechar por un instante que su propia imagen, tan ajena e irónica me convence de otras miles de posibilidades que conviven entre el organismo que se manifiesta y la forma en que puedo ser capaz de percibirlos. Como si todo este asunto de irme reduciendo en este flujo, irme petrificando como rémora añorando la nunca confirmada posibilidad de transformarme en un fósil que se sostenga más allá de la imagen que manifestaba en vida, la otredad que me angustiaba a cada instante y que al final terminaría en una transformación carbónica que serviría para que unos otros cuantos testigos del futuro pudieran recombinar sobre sus mentes, privilegiadas o no, que yo fui una pequeña característica única que se manifestó de manera orgánica sobre el flujo que me correspondía y que ahora al alcanzarles en esta forma pudiera estar manifestando, de manera inequívoca y racional, la angustia que debería generarles ser sólo testigos de mi ínfima existencia.

Sólo espero que para entonces encuentren un buen árbol que les cubra la capacidad de considerar, con el mínimo común denominador que a estas horas y mirando a las estrellas, llamamos sombra.

23/3/14

Rambo




Ítaca a lo lejos,
Ítaca como un objeto que duerme tranquilo en tu mesa de noche,
La paulatina mordacidad con que las hojas se esparcen en el piso
Un mapa que se descubre ante tus ojos y, en la interpelación del tiempo,
Tus dedos se llenan de tierra mientras acumulan fragmentos organizados.
¿Tiene sentido el cajón donde reposas tus temores?
Conforme el viaje se acelera, tu pulso determina centímetro a centímetro
El trazo de la barriga de tu barco, como si de eso se tratara todo,
Como si pudieras volver a casa y encontrar el buzón con el nombre de tu padre,
La espalda lacerada y el trópico inundando tu laringe,
Toses, toses, expectas el pecho a lo largo de una vereda que se tiende como río
Que ocupa en tu cabeza el lugar de un océano que satisface el vaso que pones antes de dormir.
Pequeño John, eres un viejo que muere a todas horas, entre todos sus recuerdos,
Eres una hojarasca de piel remozada sobre piel calcinada, sobre piel.
Ítaca se ha convertido en un suburbio de casas iguales,
De muertes iguales, cilindros que adormecen los sillones.
¿Qué hace tu cuchillo flotando sobre la el macramé de tu buró, John?
Como un faro de luz que se levanta en medio de la selva,
Tu brazo alcanza todas las noches la cruz de acero que te sirve de sombrero
Y rezas, como te enseñaron los mongoles que adormecías eternamente en tu viaje,
Nunca hubo Penélope en tu alcoba John, por eso las brisas te parecen humaredas
Fingidas de un hidrógeno fulgor, casa como muerde casa al perro que se larga,
Nadie dijo que Ítaca sería un lugar tan aburrido, tan absuelto,
Tan repleto de ministros y fanáticos de ese dios que huye cuando la primera flecha
Se atraganta en el murmullo de un niño que cruzaba la franja de tierra equivocada.
Estás ciego, tan ciego como se puede estar cuando la luz se te confunde por mañanas
En que anhelas que amaneces a la puesta del sol, con tus brazos ardiendo como mazos terribles,
Como muérdagos que penden de un hilo ante los dedos de otra Dafne.
De eso se trata todo, de volver un día y narrarse a lo largo de los barrotes que promulgan las ventanas,
De los negros que avecinan las tormentas con sus cantos inasibles, morirías si los sigues John, bien lo sabes.
Y ahí, la mesa de noche es el último buque de guerra a tu alcance,
Sus rieles que permiten que abras y cierres un ciclo de ligamentos donde guardas las postales,
Donde guardas las estrellas que te dieron por repartir la muerte en dosis moderadas.
Tú, asesino, soldado, hermano, hijo, nunca amante,
Te irás muriendo como todos los cadáveres que vuelven a Ítaca
Convencidos de estar llegando a casa.

18/11/09

Pop Draft

Frente a la narrativa del Pop, existen dos caminos posibles, la experiencia natural de la edad o bien, la retrospectiva. La primera plantea las necesidades del fan, del que se origina a si mismo a través de un lenguaje y se sostiene mediante la repetición del mismo código y que al mismo tiempo se muestra ajeno a la evolución de la lengua y se aqueja con la modernidad que interrumpe su vida diaria.

Este fan es sin embargo el único pilar sobre el que se sostiene el lenguaje, convirtiéndose a la larga en un desperdicio de ideas que giran alrededor de otra previamente preconcebida y que deconstruye el panorama general. Es quizá en este panorama general donde hubieran podido sustraerse la herencia cultural reconvertida, sin embargo, ante el fan no existe esta reconversión, hasta que su mismo tránsito natural lo pone en otro lugar, donde asimila un lenguaje nuevo, casi siempre de la manera más difícil. En la retrospectiva, en cambio, tenemos el mismo lenguaje que se observa como si fuera un ramal extranjero de la lengua materna, se está ahí, pero no se forma parte. Se es, pero al mismo tiempo se permite la autocrítica y la burla como instrumentos necesarios para navegar por ese nuevo panorama.

El que sobrevive al Pop gracias a la retrospectiva no es un experto en nada, pero es un apasionado de casi todo. Esta forma de aproximarse a cualquier manifestación narrativa, le permite analizar los elementos desde tres o cuatro perspectivas distintas... Esto no se limita a la parte musical del género, también se adhiere a la literatura y las artes plásticas como dos manifestaciones se aconglomeran para formar una sólida definición. El fan y el retrospectivo pueden convivir naturalmente en el mismo espacio y casi al mismo tiempo, el primero lo hará sustentando toda noción de la comunicación en la nostalgia que le produce una vida que siempre fue mejor, el segundo lo hará desde su capacidad natural para recrear fragmentos de su vida que sin ser trascendentales se convierten en pequeñas vigas que sostienen los muros secos de sus creencias y vivencias. A final de cuentas, el que sostiene la retrospectiva requiere mucho más de la recreación de los tiempos pasados que el fan que sólo utiliza su memoria para hundirse en la nostalgia irrepetible de ese paraíso perdido.